domingo, 9 de junio de 2019

Iouli Andreev, responsable de la limpieza radiactiva tras el desastre: “La miniserie Chernobyl está llena de grandes mentiras”




Fernando Fuentes 
6 JUN 2019


El especialista militar de la URSS pasó más de cinco años en la zona. "Cualquier país intenta mantener en secreto las causas de los grandes accidentes por razones políticas", dice a Culto.
“Soy uno de los especialistas aún vivos que sabe prácticamente todo acerca de Chernóbil”, lanza sin falsa modestia. Nacido en 1938, Iouli Andreev (el tercero desde la derecha) pasó más de cinco años en la zona (de mayo de 1986 a diciembre de 1991) a cargo de la descontaminación nuclear tras la fatídica explosión del reactor número 4 de la planta Vladimir Ilich Lenin, el 26 de abril de 1986, en la entonces República Socialista Soviética de Ucrania. Por ello no oculta sus reparos ante la miniserie del momento: Chernobyl, de HBO. “Es una película de propaganda primitiva, llena de mentiras y trucos”, comenta Andreev en esta entrevista con La Tercera.
–¿Qué estaba haciendo el día del accidente de Chernóbil?
-Yo era un especialista militar en el área de la defensa del Ejército contra armas de destrucción masiva. Inmediatamente me enviaron a Chernóbil como parte del Centro Científico del Ministerio de Defensa de la URSS para eliminar las consecuencias del accidente. Las organizaciones de la sociedad civil no pudieron hacer frente a este problema por sí mismas.
Vista del destruido reactor de la Unidad 4, en la central nuclear de Chernóbil, en Ucrania. Foto: chnpp.gov.ua
–¿Qué día llegó a la zona?
-Arribé a la zona del accidente el 22 de mayo. Antes de eso, estudié brevemente el problema a partir de la información disponible en ese momento y participé en el diseño de una máquina especial para trabajar en zonas con niveles de radiación de hasta 1.000 rayos X por hora. Me convertí en director científico del Servicio Soviético de Emergencias Nucleares en marzo de 1988, después de dos años de trabajo en la zona de Chernóbil.
-¿Qué sintió al llegar al epicentro de la tragedia
-Los expertos no se guían por sentimientos durante su trabajo.
–Usted trabajó desde mayo de 1986 hasta diciembre de 1991 en el área. ¿Cuáles fueron sus principales tareas? ¿Tenía protección suficiente contra la radiación?
-Mi tarea, tan pronto como fuera posible, consistía en eliminar las consecuencias del accidente de Chernóbil. No hay medios prácticos de defensa efectiva contra la radiación durante el trabajo en lugares con una alta tasa de dosis de rayos gamma, excepto la reducción del tiempo de irradiación.
Controles carreteros en las cercanías de la siniestrada central nuclear en 1986. Foto: chnpp.gov.ua
-Muchos de los llamados “liquidadores” murieron poco después debido a la radiación. ¿Usted sufrió algún tipo de secuelas?
-Los liquidadores no “murieron poco después” del accidente, porque no llegaron inmediatamente a la zona de alta radiación. Solo el personal de la planta nuclear y los bomberos sufrieron porque desconocían el nivel real de radiación.
-¿Qué explicación tiene para el accidente de Chernóbil en 1986?
-En esa época se registró una cadena de accidentes en la URSS debido a la debilidad del gobierno y la alta tasa de corrupción.
-¿Cree que una tragedia similar podría ocurrir en Rusia hoy?
-Los accidentes en las centrales nucleares del mundo ocurren aproximadamente una vez cada 25 años y la frecuencia de tales accidentes, como ha demostrado la práctica, no depende del sistema político. Es imposible hacer que las centrales nucleares sean absolutamente seguras por varias razones técnicas. El propietario puede gastar más dinero en el diseño y operación de plantas de energía nuclear, pero no es rentable comercialmente. Hasta ahora, nuestro planeta ha tenido suerte después de los accidentes nucleares, ya que el viento no se ha dirigido a las grandes ciudades tras las emisiones de radioactividad, pero no sucederá siempre.
El guionista Craig Mazin junto a los protagonistas de Chernobyl de HBO, Jared Harris y Stellan Skarsgård. Foto: HBO.

-A su juicio, la miniserie de HBO “no tiene nada que ver con la realidad”. Sin embargo, los críticos han elogiado la producción, inspirada en el libro Voces de Chernobyl, de la Premio Nobel de Literatura Svetlana Alexiévich. ¿Cuáles son sus principales reparos?
-En cuanto a las mentiras de HBO sobre Chernóbil, el principal culpable no es (el ingeniero en jefe adjunto de la planta, Anatoly) Dyatlov, sino (el científico Valery) Legasov. Dyatlov hizo todo lo posible para evitar el accidente. Puedo probarlo, tengo los documentos correspondientes. La serie está llena de grandes mentiras y, como lo requiere la propaganda, pequeños detalles verdaderos.
-¿Justifica entonces el secretismo del gobierno soviético de la época, encabezado por Mijaíl Gobarchov?
-Cualquier país intenta mantener en secreto las causas de los grandes accidentes por razones políticas y la URSS no fue la excepción. Los asuntos políticos no tienen explicación lógica. La posición de HBO es hipócrita, es propaganda primitiva.
Iouli Andreev.
-¿Ha visitado la zona de nuevo? ¿Cuál es su opinión sobre los tours que existen hoy a Chernóbil?
-Visité Chernóbil varias veces después de 1991, pero no lo recomiendo a todos, excepto a los especialistas.

El último Beat: Lawrence Ferlinghetti publica sus memorias a los 100 años




Javier García 
22 MAR 2019
Este domingo 24 cumple un siglo el poeta que estuvo en Chile con Allen Ginsberg y tradujo poemas de Nicanor Parra. El volumen Little Boy, presentado como una novela autobiográfica, recorre su infancia en Francia y EE.UU.
Su padre murió cuando él aún no nacía, y poco después de que Lawrence Ferlinghetti llegó al mundo, el 24 de marzo de 1919, su madre ingresó a un manicomio. El pequeño “Larry” fue llevado con una tía, que trabajaba para una familia millonaria de Nueva York.
“Desembarqué en Normandía/ en un bote a remos que se volcó./ Vi ejércitos educados/ en la playa de Dover”, escribió más tarde, cuando el joven alto y educado formó otro batallón en los años 50, llamado la generación Beat, junto a Allen Ginsberg, Jack Kerouac, William S. Burroughs, Gregory Corso y Neal Cassady.
“Allen fue probablemente el mejor amigo que tuve entre los beats”, dijo hace algunos años el último sobreviviente de aquella generación, quien hoy es una figura ilustre en San Francisco, EEUU.
En 1953 llegó a la ciudad del Golden Gate y fundó la librería City Lights. Además, creó una editorial de bolsillo donde publicó Aullido (1956), de Ginsberg, que les costó días de cárcel y un juicio por difundir literatura “obscena”.
Autor de una poesía irónica y urbana, el segundo poemario de Ferlinghetti, A Coney Island of the Mind (1958) se convirtió en un hit que ha vendido en estos años más de un millón de copias.
Al borde de quedar ciego producto de un glaucoma, Ferlinghetti cumplirá 100 años este domingo 24. Oficialmente el alcalde de San Francisco lo declaró como el “Día de Lawrence Ferlinghetti”. Una de sus calles lleva su nombre.
Ese día, los homenajes abarcarán lecturas de su poesía en la Biblioteca Pública; la exhibición de dos documentales, Ferlinghetti, de Chris Felver y Ferlinghetti: una vida en la poesía, de Giada Diano; una muestra de pinturas del cumpleañero, y la presentación de su último libro. El ejemplar se titula Little Boy y es promocionado como una novela autobiográfica.
“Mientras se balancea de un lado a otro a través de las impresiones y los aspectos más destacados de su larga vida, Ferlinghetti escupe sobre la gramática convencional y se burla de ella”, apuntó esta semana una reseña aparecida en el diario The Washington Post sobre lo torrencial de la disposición de sus recuerdos en Little Boy. “Todo enredado en frases sin aliento que enorgullecerían a James Joyce”, agrega el periódico.

Amistad antipoética

El penúltimo libro de Lawrence Ferlinghetti es un conjunto de diarios de viajes que van de 1960 al 2010. Son manuscritos que estaban en la biblioteca de la U. de Berkeley. Titulado Writing Across the Landscape (2015), el volumen comienza narrando su visita junto a su esposa y Allen Ginsberg a Chile, en el verano de 1960, invitados al Congreso de Escritores de la Universidad de Concepción.
“Fue nuestro primer viaje al extranjero como poetas”, apuntó Ferlinghetti, quien visitó las minas de Lota y quedó muy impresionado con el trabajo de los mineros. Pero Ginsberg se entusiasmó en el país y se quedó tres meses en la casa de Nicanor Parra en La Reina. Después, para volver a Norteamérica, le escribió a su amigo Ferlinghetti para que le hiciera llegar un cheque.
Ese mismo año apareció en la editorial de City Lights Books una edición de Antipoems, de Parra, con traducción de Jorge Elliott.
“Parra fue sin duda una fuerte influencia para mí. Él tenía una inclinación satírica muy similar a la mía”, dijo Ferlinghetti, quien luego participó en la traducción de poemas de Parra para la edición de Poems and Antipoems (1967).
En ese mismo viaje a Sudamérica el poeta conoció a Violeta Parra en Lima, Perú. También llegó a La Habana en los inicios de la Revolución cubana. Estando en la isla, gracias a la gestión del escritor Guillermo Cabrera Infante, conoció a Pablo Neruda. Pero no hubo mayor sintonía con el autor de Canto General. “Neruda se desplazaba en una limusina. Eso fue muy raro”, recordó.

sábado, 8 de junio de 2019

Altruismo y Neurociencia – Matthieu Ricard [Vídeo]

Matthieu Ricard, «el hombre más feliz del mundo» y su revolución altruista

No existe ninguna religión o forma particular de la espiritualidad que sirva a todo el mundo y, por tanto, no solo es respetuoso sino también práctico dejar de tratar de imponer a los demás sistemas de creencias o de prácticas que han sido útiles para uno mismo.
La otra cara de esta gran diversidad de creencias consiste en que los seres humanos compartimos ciertos elementos comunes dados por nuestra biología (nuestra humanidad compartida), en particular, compartimos un cerebro, un cuerpo, una mente y un mundo emocional complejo que está en parte determinado por la genética, en parte por el ambiente y (por suerte) también en parte por lo que entrenamos como hábitos mentales, emocionales y conductuales en nuestra vida. Desde esta perspectiva, e independientemente de nuestras creencias, podemos considerar el hecho de que nuestro cerebro es neuroplástico, es decir, que puede cambiar en su estructura y funcionalidad en respuesta a nuestras experiencias, y que podemos entrenar nuestras formas de pensar, emocionar y actuar en direcciones menos sufrientes y más constructivas, en beneficio de uno mismo y de los demás.
Al volver a ver este vídeo de Matthieu Ricard como recurso para un taller de humanización de la salud en Chile, pensé que el mensaje del mismo era suficientemente potente y rico para compartirlo con ustedes en este blog. Este vídeo de 6 minutos surge a propósito de un gran  libro de Matthieu, En Defensa del Altruismo, que recomiendo como libro de consulta sobre la bondad y la compasión desde un lenguaje de divulgación científica,  con la claridad, profundidad y sencillez habitual de Matthieu. Que disfruten de este vídeo.

viernes, 7 de junio de 2019

El antropólogo Marc Augé explica la felicidad como pequeñas alegrías diarias


El antropólogo francés Marc Augé, que, a sus de 83 años, acaba de publicar el libro 'Las pequeñas alegrías", posa durante una entrevista con Efe en la que ha explicado que la felicidad se compone de las pequeñas alegrías diarias, como ver una buena película, reencontrarte con un amigo u otros placeres que cada uno disfruta subjetivamente. EFE


EFE Barcelona16 mar. 2019
El antropólogo francés Marc Augé, que, a sus 83 años, acaba de publicar el libro "Las pequeñas alegrías", ha explicado a Efe que la felicidad se compone de las pequeñas alegrías diarias, como ver una buena película, reencontrarte con un amigo u otros placeres que cada uno disfruta subjetivamente.

En una entrevista con Efe, el antropólogo, que ha hecho grandes aportaciones al mundo de la antropología con conceptos como el "no-lugar" y el "sobremodernismo", reconoce que es reacio a abandonar su profesión pese a su avanzada edad.

Su último libro lleva el mismo nombre que el famoso ensayo del filósofo alemán Hermann Hesse, que trata sobre el carácter fugaz de la felicidad humana, y Augé reconoce que esta coincidencia no ha sido fruto de la casualidad.

"Fue una decisión que tomamos junto con la editorial porque el título en francés (Bonheurs du jour) es difícil de traducir, y las pequeñas alegrías plasmaba la idea que quiero explicar en la obra y nos parecía un guiño al texto de Hesse, que es muy simbólico en el mundo de la antropología", señala Augé.

"Las pequeñas alegrías" trata sobre momentos de felicidad repentina e inesperada, alegrías pequeñas, sencillas, a la vez que intensas y quedan para siempre en nuestra memoria, según el antropólogo.

Las vivencias personales del autor son el hilo conductor y la base del ensayo: "me expongo y hablo de mí, mis experiencias personales han sido el material literario y creativo con el que he elaborado este libro", revela.

No obstante, no son el único ejemplo que Augé usa para escenificar su reflexión sobre la alegría humana, ya que también utiliza tópicos de la literatura, como los que utilizaron los novelistas franceses del siglo XIX, como Stendhal y Gustave Flaubert por los que siente "debilidad".

A pesar de ser más fanático de los libros que del cine, reconoce que hay una película que marca su carrera: "Casablanca", título que también le puso a uno de sus primeros libros que, a pesar de no ser el más conocido, es al que le guarda más aprecio, ya que habla de sus recuerdos.

"Me encanta la historia que se vive en Casablanca, a pesar de sus errores históricos, tengo una relación muy personal con la película, el momento en que Ilsa Lund, interpretada por Ingrid Bergman, aparece en el bar de Rick (Humphrey Bogart) es un ejemplo de una escena que me da felicidad", confiesa.

En cuanto a sus reflexiones más conocidas, como el "no-lugar" y el "sobremodernismo", conceptos que lo convirtieron en autor 'best seller' en EEUU y Francia, Augé dice que, con el tiempo, se ha dado cuenta de aspectos de sus obras que en el momento de escribirlos no lo percibió.

Es el caso del concepto del "no-lugar", que es una de sus ideas más emblemáticas, ya que lo escribió partiendo del concepto de lugar de las tribus africanas.

"Cuando estaba en Costa de Marfil conviviendo con las tribus indígenas me di cuenta de que tenían una estructura muy rígida: está muy definido dónde viven, quién son, las normas sociales, las conductas...", recuerda Augé.

En estas tribus, todo el mundo adopta un rol determinado del que no debe salir, y el paralelismo con el mundo occidental que el autor establece es con "vivir en un pueblo pequeño en que todo el mundo se conoce", según el antropólogo.

"El lugar en este sentido es lo opuesto a la libertad, es muy restrictivo", sentencia el intelectual francés, que equipara la importancia de este concepto con "el del no lugar".

"El no lugar son espacios alrededor del mundo en los que las personas no están restringidas a nivel social o demográfico, son espacios tránsito que no te atan a ellos, como el caso de supermercados y aeropuertos, en que las personas solo están de paso", según el antropólogo.

Hesse no es la única figura que ha inspirado la obra de Augé, ya que uno de sus conceptos más famosos, el de la "sobremodernidad" va parejo con el de la "sobredeterminación" de Freud.

Augé considera que el PIB de un país no marca la felicidad de sus habitantes, ya que la alegría es algo diferente para cada individuo, no obstante, sí cree que "la riqueza de un país influye más en la infelicidad de las personas".

Sara Tabelhachmi

https://www.efe.com/efe/espana/sociedad/el-antropologo-marc-auge-explica-la-felicidad-como-pequenas-alegrias-diarias/10004-3926631

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Marc Augé: “Existe una ilusión de conocimiento que es aún peor que el hecho de no saber”



“La ciencia avanza con tal rapidez que hoy seríamos incapaces de describir cuál será el estado de nuestros conocimientos de aquí a unos cincuenta años, cosa que, sin embargo, no es sino una ínfima parcela de tiempo en la escala histórica”.
Marc Augé (Poitiers, Francia.1935).
Augé, profesor de antropología y etnología de l’École des Hautes Études en Sciences Sociales de París, director de investigación del CNRSS y uno de los grandes pensadores de la ciencia y la tecnología de los siglos XX y XXI, nos habla de su concepto de la hipermodernidad, de esa realidad en la que nos hemos instalado, de un momento en el que el presente se va sin apenas aprehenderlo y el futuro no se atisba como consecuencia de la aceleración de la ciencia y la tecnología.
En su análisis, conseguir el acceso universal al conocimiento es uno de los principales retos a los que se enfrenta la humanidad en estos momentos. “En el ámbito del conocimiento y también en el de los recursos económicos, aumenta sin cesar la distancia entre los más favorecidos y los más desfavorecidos, también en los países emergentes. Nos encaminamos hacia un planeta con tres clases sociales: los poderosos, los consumidores y los excluidos”, escribe en El porvenir de los terrícolas.
-¿Cuál es el porvenir de los terrícolas?
-El porvenir de la Humanidad es un porvenir problemático. Podemos considerar que ya hemos llegado al fin, al final de la historia, en cuanto que no hay discusión sobre el bien; la democracia liberal triunfa y todo está bien. El problema está en que el mercado liberal y la democracia liberal no tienen referencias. La única constatación es que las dictaduras también se llevan muy bien con el mercado liberal. Dicho de otro modo, esta unión ideal entre el mercado y la democracia es bastante vieja, pero no es la realidad que tenemos delante de nuestros ojos. Así es que debemos preguntarnos seriamente hacia dónde vamos.
-No le encuentro optimista. ¿No le anima la aceleración del progreso científico y tecnológico a la que asistimos?
-Mi hipótesis es que no estamos en el fin de la historia sino en el fin de la prehistoria de la humanidad. Esta hipótesis necesita dosis de optimismo y de tiempo para constatarse porque, en la escala humana, una serie de siglos es mucho. De modo que le doy una respuesta relativamente optimista, pero diferida. Claro que la ciencia es un elemento de progreso en la historia de la humanidad, pero son grandes palabras: “progreso”, hasta el punto de que no podemos saber cómo será este conocimiento dentro de treinta años. Y esta es una de las cuestiones más problemáticas para el futuro, porque el conocimiento ha sido adquirido por algunos pero no por todos y ese es un factor de desigualdad muy relevante hoy en el mundo. Con todo, reconozco que hay elementos de progreso y llegaremos a difundir el conocimiento hasta el punto de que hablaremos de los terrícolas como gentes enfocadas al conocimiento.
-La tecnología debería contribuir sustancialmente a extender el conocimiento y evitar la desigualdad. ¿Qué opinión tiene de la confianza casi universal en la dimensión tecnológica?
-La dimensión tecnológica está condicionada por la eficacia de los medios de comunicación, que representan un logro enorme, pero colocan al hombre en la ubicuidad y la instantaneidad. Esto significa que, si estoy viendo la televisión, tengo la impresión de conocer a mi actor favorito y más aún de considerarlo un conocido mío. En otro nivel, es un poco más peligroso porque esas imágenes nos pueden llevar a un confort ilusorio.
Las técnicas de comunicación son tan potentes que tenemos que recordar que los medios de comunicación son simplemente medios y no fines. Si los reconocemos como medios podemos pensar en la manera de adaptarlos a un esfuerzo de conocimiento colectivo, que permita difundirlo a todo el mundo. Sin embargo, aún estamos muy lejos de esto porque, por una parte, no todo el mundo tiene acceso a estos medios y, por otra, muchos de los que tienen acceso sólo tienen un acceso pasivo y no usan los recursos a su alcance. Quiero decir que si me falta un conocimiento puedo encontrarlo enseguida a través del ordenador, pero aquel que no tiene el mínimo conocimiento no lo puede buscar y no le sirve de nada tener toda la Biblioteca del Congreso en su ordenador. Así que existe una ilusión de conocimiento que es aún peor que el hecho de no saber. Se está constatando además que los nuevos instrumentos de relación y comunicación son utilizados de una forma desordenada.
-¿Estamos obsesionados con el futuro y con la velocidad, con ir rápido hacia el futuro, con encontrar un mañana placentero rápidamente?
-El futuro nos obsesiona. El problema está en que, cuanto más cercanos estamos a conseguir las condiciones del futuro que estamos construyendo con los avances científicos, menos tenemos el sentimiento de poder controlar ese futuro. En la medida en que la mayoría de la población no puede controlar ese futuro, lo sienten como una atracción que no controlan y lo cierto es que no aspiramos al futuro sino que él nos aspira a nosotros. Pero, por otro lado, tenemos el sentimiento de que vivimos eternamente en el presente y de que el futuro no nos interesa, y esa es la contradicción de nuestra época.
-Es la contradicción entre la curiosidad por asistir a lo que está por llegar gracias al progreso tecnocientífico y la nostalgia por un pasado estable.
-El futuro es nuestro destino individual y colectivo. Lo sabemos bien, lo constatamos todo el rato. Cuando tenemos regresiones al pasado, nostalgia, estamos obligados a esperar, a tener esperanza en el futuro de los hombres. Tanto la nostalgia como la esperanza son ilusiones, pero detrás de la ilusión siempre está el deseo y creo que este deseo es el que hay que animar y despertar.


Maquiavelo frente a la gran pantalla - Pablo Iglesias Video y libro en PDF

MAQUIAVELO FRENTE A LA GRAN PANTALLA


Este libro quiere ser un homenaje a esas amistades políticas peligrosas. Por él desfila una selección de malvados profesores cuyas enseñanzas usaremos para analizar varias películas. Con ellos estudiaremos cuestiones como la nación y la memoria histórica, la violencia política, el colonialismo, la posmodernidad capitalista en América Latina, el género y el feminismo. Aquí el cine no es solo un entretenimiento intelectual, sino un medio para hablar de la política como la entendía el consigliere del principe, esto es, como la ciencia del poder.





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pablo iglesias turrión, 2013 ... maquiavelo es el primer malvado maestro con el que todo ... contra otro. maquiavelo, además, junto a otros malditos como el.

jueves, 6 de junio de 2019

La “Peste Blanca” del siglo XXI -miles de fallecimientos prematuros



James Petras | Rebelión | 22/05/2017

Traducido del inglés para Rebelión por César P. Guidini Joubert
Presentación
En el curso de los dos decenios pasados en los Estados Unidos se registraron cientos de miles de fallecimientos prematuros [i] por culpa de médicos que recetan de forma totalmente irresponsable calmantes y demás depresores del sistema nervioso central, como los tranquilizantes, los cuales provocan enviciamiento, y también a causa de las contraindicaciones de tales medicamentos, cuyas consecuencias son mortales. El hecho innegable es que esos fallecimientos corresponden en su inmensa mayoría a individuos que son raza blanca y pertenecen a la clase trabajadora y a la clase media baja que vive en las regiones rurales y en las ciudades en las que cerraron las fábricas[ii] . La clase dirigente y los grandes mandamases de la oligarquía decidieron, con toda discreción, desprenderse de esa parte del país porque consideran que “sobra”. La víctima y los parientes que la sobreviven carecen de la más mínima posibilidad de conseguir que se les indemnice para reparar la negligencia general y la codicia que llevan al enviciamiento y a la muerte. El gobierno en su conjunto y la prensa, que obedece a la oligarquía, omiten deliberadamente informar de las causas últimas de la epidemia e investigarlas en consecuencia, y lo único que se puede leer y escuchar son las clásicas peroratas, pomposas y superficiales, sobre el problema.
Se examinarán en primer término las proporciones y los pormenores de la epidemia y se señalarán las causas últimas, tras lo cual se expondrán soluciones.
Cotejo de cifras
En el concierto de los países adelantados de Europa y Asia los Estados Unidos pueden reivindicar la dudosa distinción de que cuentan con la tasa más elevada de aumento del fallecimiento prematuro de individuos jóvenes y adultos de extracción obrera y de clase media baja [iii] ; ese aumento de la mortalidad prematura no se registra siquiera en los países que no son tan adelantados, salvo en los tiempos de guerra. Tal devastación, que es exclusivamente propia de los Estados Unidos, se concentra en la población blanca, pobre y con escasos estudios que vive en los pueblos y ciudades pequeñas y en las regiones rurales.
El fenómeno ya no se puede ocultar: en el curso de los dieciséis años pasados (2000 a 2016), la tasa de fallecimiento del obrero norteamericano que tiene de 50 a 54 años de edad se duplicó y pasó de 40 a 80 por 100.000 [iv] . Por el contrario, en Alemania la tasa de mortalidad del individuo de características semejantes descendió de 60 a 42 por 100.000 y en Francia lo hizo de 55 a 40 por 100.000 (2). Además, en los Estados Unidos la tasa de mortalidad del obrero blanco marginado aumentó en comparación con la cifra correspondiente a la población negra y a la procedente de América Latina. Dicho aumento de la muerte prematura señala un notable deterioro de las condiciones de vida de una fracción descomunal de la población de los Estados Unidos. Los fallecimientos se atribuyen fundamentalmente a la notable alza del suicidio, a las complicaciones que acarrean la obesidad y la diabetes, y muy particularmente, al “envenenamiento”, concepto genérico en el que, además del alcohol, los estupefacientes, y, sobre todo, los analgésicos narcóticos que receta el médico, cabe un amplio espectro de contraindicaciones.
A juicio de algunos pretendidos “especialistas” que “dominan” el problema del vicio con medicamentos, el alza de la tasa de mortalidad del obrero de los Estados Unidos se atribuye a “la mundialización y la automatización” (3). Eso es un ejemplo de lo que se denominan explicaciones “superficiales” o “falsas”, y se llaman así porque el fenómeno no se registra en los demás países industrializados; en efecto, incluso si se consideran el Japón, el Canadá y el Reino Unido, cuya economía se transformó por causa de la “mundialización” y de la moderna automatización, en ninguno de ellos se observa que aumente la mortalidad de la parte fundamental de la población.
La mortalidad del obrero del Reino Unido, Canadá y Australia se mantiene estable en unos cuarenta fallecimientos por cien mil, o sea, la mitad de la tasa de los Estados Unidos, pese a que esos países no presentan grandes diferencias en lo que respecta a las características demográficas y a la cuota del mercado mundial. La clave para comprender el presente fenómeno radica en la atención que el capital y la estructura dominante de los Estados Unidos prestan a las necesidades de la mano de obra, que ya no resulta necesaria por causa de la transformación que se opera en la economía
En los Estados Unidos el obrero blanco adulto, mal remunerado y que, con suerte, cursó la enseñanza secundaria, sobre todo el que cumple labores manuales, registra una mortalidad que cuadriplica la de aquel otro que fue a la universidad. El aumento espectacular de la mortalidad en dicha categoría demográfica se corresponde con la mayor proporción de obreros y sus familias que ya no gozan de la debida atención médica a cargo del patrón. La desaparición de los puestos de trabajo seguros y bien remunerados de la industria fabril provoca que se extiendan los fallecimientos prematuros en dicha capa de la sociedad.
En otras palabras, las muertes evitables en el mundo del trabajo aumentan de forma paralela al éxodo de fábricas al extranjero, la automatización y la contratación de obreros inmigrantes y de obreros autóctonos sin seguro y que trabajan por horas, todo lo cual acarrea que desaparezca la atención médica completa que recibe la clase trabajadora, pero precisamente gracias a eso es que la tasa de ganancia del gran de capital puede aumentar sin pausa. En otras economías capitalistas adelantadas de Europa y Asia se mantienen intactas las instituciones de salud pública y previsión social, que son de carácter universal y cumplen debidamente la misión de aliviar el daño que causan a la salud del obrero la mayor inseguridad del puesto de trabajo y el deterioro de las condiciones de vida. Dichas instituciones de salud pública salvan millones de vidas y ése es uno de los contrastes más marcados que separan a la medicina de los Estados Unidos de la que está vigente en el resto del mundo industrializado.
El “OxyContin” [v] , la Peste Blanca
La causa última de la descomunal alza de la mortalidad de obreros en los Estados Unidos es, ante todo, la decisión que tomó la clase capitalista de suprimir la atención médica general y en buenas condiciones de que gozaba el trabajador a la vez que se rebajaba el salario y se enviaban al extranjero muchos puestos de trabajo. Por esa causa, y en vista del descenso de su ingreso, el obrero no puede darse el lujo de pagar para sí y para su familia las sumas astronómicas que representan la prima del seguro de salud, la consulta al médico y la receta y la franquicia. Tampoco tiene para pagar la abultada factura de la “terapia física y rehabilitación” cuando sufre un accidente, todo lo cual explica que prefiera que le receten un analgésico narcótico gracias al que podrá soportar el dolor crónico [vi] mientras sigue trabajando.
En segundo lugar, el personal médico (médicos, enfermeras y auxiliares médicos) está sometido a fuertes presiones del patrón para que dedique el menor tiempo posible tiempo al paciente que padece de dolor crónico y lesiones por accidentes del trabajo, sobre todo, los que cuentan con recursos limitados. El salario y la retribución extraordinaria dependen generalmente del número de pacientes que se atienden por día. La clásica receta, especialmente cuando se prescriben narcóticos, sedantes, ansiolíticos y somníferos, ahorra tiempo y dinero al médico y al hospital privado. Muy rara vez recibe el obrero accidentado y el que sufre de dolor crónico el examen detenido de la historia, el debido reconocimiento, el diagnóstico serio y el consiguiente tratamiento y vigilancia posterior, pues todo eso cuesta mucho dinero.
Las sociedades farmacéuticas fabrican miles de millones de opioides de síntesis [vii] , de muy bajo costo de producción, pero cuya ganancia es descomunal, pues rinden muchísimo más que los denominados “medicamentos estrella”. Los multimillonarios dueños de los laboratorios que se dedican a los analgésicos narcóticos contratan a legiones de vendedores que visitan a los médicos y a las clínicas del dolor, aprovechando que operan en un ramo que carece prácticamente de reglamentación y que es ajeno por completo a la intervención y vigilancia del Estado capitalista. Los valedores de la industria farmacéutica gastan cientos de millones de dólares en los políticos y jerarcas públicos para proteger su ganancia, aún a costa de que aumente el número de muertes por sobredosis de quienes no pueden vivir sin el opioide que le receta el médico. La falta absoluta de intervención del Estado en la presente epidemia no tiene parangón en el mundo industrializado. Esa malévola indiferencia prueba que existe un darwinismo social, tácito, pero de carácter oficial, y que opera en las más altas esferas; es la misma ideología y práctica que antes era patrimonio exclusivo de los más ardientes defensores del fascismo y de las teorías de la eugenesia.
¿Qué da al gran capital impunidad para el asesinato?
El envenenamiento con los narcóticos recetados y con la mezcla de tranquilizantes, alcohol y estupefacientes, de consecuencias mortales, es la primera causa de fallecimiento prematuro, y evitable, en el mundo del trabajo. También debería figurar en la categoría de fallecimiento por sobredosis el obrero que pasa del vicio del estupefaciente que le receta el médico al estupefaciente que se vende en la calle, pues, en última instancia, el vicio que padece comienza en el hospital que lo atiende. Aunque nunca lleguen a conocerse, el traficante de la calle es socio del mundo de la empresa privada y de esas clínicas del dolor, que siempre están relucientes de limpias.
Las muertes prematuras por sobredosis causan increíble sufrimiento a los amigos y parientes de la víctima, pero a los ojos del “gran capital” constituyen un hecho favorable, y por esa razón la epidemia ha permanecido casi oculta por espacio de dos decenios. La prensa de los pueblos de provincia acostumbra dedicar extensos y conmovedores párrafos en recuerdo del abuelito fallecido en los que no faltan tiernas palabras acerca de la enfermedad que se lo llevó, mientras que la muerte por sobredosis del padre adulto o de la madre que fue despedida del trabajo es llorada en el anonimato y en silencio.
El fallecimiento prematuro del obrero por sobredosis engrosa considerablemente la ganancia del patrón, pues así disminuyen los gastos generales en concepto de despido, pensión, medidas de seguridad en el trabajo y cuantos otros gastos en atención médica corran de cuenta de la empresa. Se extingue el subsidio de paro y la contracción de la población trabajadora hace que bajen los tributos municipales destinados a sufragar la enseñanza y los servicios y provoca que se contraiga también la demanda de servicios sociales. No es coincidencia alguna que el marcado aumento de la muerte prematura de obreros coincida con la increíble concentración de riqueza en manos de los grandes oligarcas de los Estados Unidos.
En tales circunstancias, la fuerte merma del salario y de los derechos sociales sumada a la mayor inseguridad del puesto de trabajo hace cundir un miedo profundo en el mundo del trabajo. La mayor parte de las veces el obrero que ve con terror la pobreza en que quedará sumida su familia por la pérdida de un puesto de trabajo decente continúa trabajando a pesar de que se encuentre accidentado o enfermo y para llegar a duras penas al fin de la jornada tiene que tomar estupefacientes legales y de otro tipo. Combate el estado de inseguridad, la ansiedad y el insomnio con otros medicamentos que, a su vez, agravan el riesgo de sobredosis. El miedo y el clima envenado que reina en el lugar de trabajo lo obligan a abstenerse de solicitar la licencia de enfermedad y una buena terapia física rehabilitadora por la vía del seguro de salud de la empresa.
Los calmantes más “eficaces” y que están respaldados por una enorme propaganda, como el OxyContin, suelen ser los que provocan un enviciamiento más veloz y de consecuencias mortales. Los representantes de la industria farmacéutica que visitan clínicas y hospitales se encargan de ocultar deliberadamente la peligrosa naturaleza enviciante de esos “medicamentos milagrosos”. La víctima de tales fármacos enviciantes es casi siempre el obrero mal pago y el que no tiene trabajo, y el médico que hace la receta es un fiel servidor del patrón capitalista y de las grandes farmacéuticas. Los laboratorios cuentan con la protección de las altas esferas del Estado y, a su vez, los funcionarios de jerarquía “media” se encargan de proteger a los propietarios y al personal médico de los hospitales y las clínicas del dolor, que están en manos privadas.
Los autores de ese asesinato colectivo por sobredosis sacan un provecho descomunal y con total impunidad del caos que se provoca, pero no ocurre lo mismo con el pequeño traficante callejero que puebla las atestadas y gigantescas prisiones de los Estados Unidos. No hay un solo organismo federal, policial o de seguridad que siquiera se atreva a perseguir y enjuiciar a los propietarios de esas enormes sociedades farmacéuticas. En efecto, el brazo de la seguridad y la justicia del Estado hace de cómplice del enviciamiento colectivo, aunque los agentes de policía no son más inmunes a los narcóticos con receta que las enfermeras y demás personal médico que deben tratar a las víctimas de los accidentes de trabajo. En realidad, el problema de la muerte por sobredosis de medicamentos narcóticos que afecta al personal médico y del servicio de seguridad (incluidos los frecuentes casos de suicidio por sobredosis de quienes pierden el puesto de trabajo por culpa del consumo de narcóticos) constituye una tragedia pública de la que no se tiene noticia y por la cual nadie llora. Tampoco escapan al problema los soldados que regresan de las guerras imperiales en el Medio Oriente y el Sudeste Asiático.
Las contradicciones de una sociedad que otorga impunidad a los capitalistas que perpetran esa epidemia de muerte (la “guerra del opioide” [viii] contra la clase obrera sobrante) y, al mismo tiempo, gasta miles de millones de dinero del Estado para encarcelar al pequeño traficante de la calle y al cliente ilustran que el gobierno federal y el de los estados se encuentran sumidos en el caos y les resulta imposible intervenir como se debe en favor del ciudadano.
Con oportunidad de las elecciones internas y presidenciales del año pasado y la difusión por radio y televisión de las respectivas campañas (por primera vez) los políticos nacionales fueron interpelados en numerosas ocasiones por los ciudadanos de los pueblos de provincia que estaban alarmados por la devastación que sufren por culpa de los medicamentos narcóticos y la muerte por sobredosis. El candidato Trump hizo varias declaraciones sumamente emotivas acerca de la cuestión y, por su parte, resulta interesante destacarlo, la candidata del Partido Demócrata, Hillary Clinton, no hizo la más mínima mención al problema a lo largo de la campaña, a pesar de que no cesó de pregonar y vanagloriarse de los “logros” que ella había conseguido en el campo de la salud.
En los últimos meses las proporciones que reviste el fallecimiento por sobredosis en los pueblos pequeños y en el campo provocaron movilizaciones populares que reclaman que el Estado haga algo. Como era de esperar, entonces se reunió rápidamente un pequeño ejército de catedráticos, especialistas y entendidos, y asociaciones privadas (ONG) y se presentó para reclamar más fondos para “investigación, formación y tratamiento”. Los mismos propietarios de las clínicas del dolor, que llevan a tantos a caer en el vicio de los medicamentos, decidieron ampliar el campo comercial y ahora se denominan “clínicas de rehabilitación”, cuyo fin es complementar la labor de las asociaciones de apoyo a la víctima y que proliferan como hongos después de la lluvia.
Ninguna de esas empresas oportunistas, más que discutibles, se propone “instruir” políticamente y movilizar al obrero enviciado con medicamentos y al resto de la ciudadanía para reclamar que se cree una institución nacional de salud pública universal como hay en otros países en los que no existe el problema del envenenamiento por medicamentos. Ni siquiera se encargan del problema de los accidentes de trabajo y de que el obrero sea tratado con opioides porque no se le presta un servicio de rehabilitación y terapia física. Los profesionales de la medicina prefieren remitir al paciente a los centros de tratamiento, en los que el problema del vicio se tratará con medicamentos que lo agravan, como la metadona, en vez de hacer frente a las consecuencias devastadoras de la quiebra de las instituciones de salud pública de los Estados Unidos, que están en manos de los seguros de salud privados que buscan el lucro a toda costa, y en consecuencia, organizarse para atender como se debe al paciente.
Del mismo modo, las instituciones de trabajo y los sindicatos del ámbito federal y estatal omiten cuidadosamente hablar de los estragos que la epidemia causa en la mano de obra. En un editorial del New York Times del 16 de octubre de 2016 se señala que millones de hombres en edad de trabajar se encuentran totalmente fuera del mercado de trabajo por causa de “dolor e incapacidad” y una parte considerable de ellos vive con analgésicos narcóticos. El efecto prolongado es obvio: el tratamiento enviciante con dichos medicamentos destruye la disciplina interna del obrero, que es imprescindible para que la industria produzca. Sería inimaginable que los industriales y los gobernantes de Alemania y de China aceptaran las consecuencias prolongadas de tal fenómeno. Ése es apenas un brillante ejemplo que revela la actitud arrogante y displicente con que la oligarquía y el mundo de la política de los Estados Unidos tratan a la mano de obra del propio país.
Los asesinos y sus víctimas se califican por su clase social y no por los “estudios” o los “conocimientos de informática” que posean. Los capitalistas de la industria farmacéutica producen mortíferas mercancías que se distribuyen con astronómicos recargos en decenas de miles de farmacias. Los destinatarios de esa mercadería son el trabajador y el individuo de clase media baja que cae víctima del envenenamiento.
Por su parte, los capitalistas y los oligarcas no tienen la más mínima necesidad de recurrir al seguro de salud, pues tienen a su disposición sus propias y exclusivas clínicas de lujo que son atendidas por el correspondiente cuadro de médicos de renombre y enfermeras que les brindan la mejor atención que se conoce. A ellos jamás se les ocurriría permitir que sus parientes fueran tratados con esos medicamentos enviciantes que devastan la vida de millones y millones de ciudadanos inferiores y los cuales les hacen ganar enormes sumas de dinero. Aunque uno nunca pueda ver y, mucho menos, visitar esas clínicas de lujo, no es difícil entender las consecuencias mortíferas que provoca ese apartheid en el campo de la medicina.
Haciendo gala de un optimismo que no es extrañar, la prensa de los Estados Unidos da cuenta de que, gracias al problema de la mortandad por sobredosis, los hospitales que realizan trasplantes cuentan ahora con numerosas partes del cuerpo que son necesarias. ¡No se consuela quien no quiere!
La clase capitalista que ha desencadenado esa “guerra del opioide contra la clase obrera” no tiene el menor problema en donar decenas de millones de dólares a los candidatos a la presidencia y los demás dirigentes de los partidos políticos para asegurarse de que las autoridades que designen en los denominados organismos de inspección del Estado se esfuercen por proteger sus ganancias en vez de la salud pública del ciudadano. Los oligarcas gozan de inmunidad casi total y eterna de dichos organismos fiscalizadores. Si, alguna vez el escándalo de las inmensas pérdidas de vidas humanas que causan los medicamentos que envenenan llega por casualidad a afectar su vida refinada del mundo de la filantropía de las bellas artes y demás actividades de la élite, tienen a su disposición legiones de “moralistas” de la prensa y del mundo oficial que se encargan de culpar a las víctimas por los hábitos malsanos que les arruinan la vida.
Una de esas compañías es Purdue Pharmaceuticals, que fabrica el OxyContin y que es propiedad de la familia Sackler, cuyos fundadores pertenecen a la cúpula de los filántropos de la cultura de los Estados Unidos. Desde que, en 1995, comenzó a girar en el ramo de los calmantes, lucrativo como no hay otro, el OxyContin redituó a la Purdue 35.000 millones de dólares y los Sackler pudieron entrar en el Olimpo de los archimillonarios del país. A ninguno de los conservadores de las Galerías Sackler y del ala Sackler del Museo Metropolitano de Arte de Nueva York se le ocurriría hacer una exposición de “realismo social” que ilustre el inmenso sufrimiento y muerte que los medicamentos de sus patrones causan a millones de individuos de clase baja; pero ocurre que los gustos cambian y el “realismo social” ya no está de moda en el apartheid de clase que los Sackler y sus amigos impusieron en el país.
Los estudios serios y rigurosos sobre la evolución demográfica también han quedado anticuados. Un antiguo director de la Administración de Alimentación y Farmacia (FDA) sostiene que la moda de recetar opioides de forma indiscriminada constituye uno de los “mayores errores de la historia de la medicina moderna”, pero no hizo nada para contener la epidemia durante el período en el que estuvo al frente del organismo (1990 a 1997) ni para llamar la atención acerca de sus devastadoras consecuencias después de que dejara el cargo. En efecto, el doctor David Kessler [ix] esperó hasta hace muy poco para sumarse al coro de quienes lamentan la epidemia de opioides a raíz del sonado fallecimiento por sobredosis de Prince, la estrella del rock, y fue solamente entonces que escribió un artículo de opinión en el New York Times del 6 de mayo de 2016 [x] .
Los profesores de universidad reciben subsidios de las grandes fundaciones nacionales para “estudiar el problema de los opioides” con el fin de elucidar particularmente los trastornos psicológicos que padece la víctima de sobredosis y las patologías sociales del traficante de la calle. Eso desvía la atención de los laboratorios farmacéuticos, que lucran con la epidemia, y de los gobernantes del capitalismo, que prepararon el terreno para ese envenenamiento colectivo en todo el país. Pero, el ascenso en la universidad, el reconocimiento de los colegas y los jugosos subsidios de investigación no son para quien cometa la tontería de señalar con el dedo a las farmacéuticas asesinas, las peligrosas condiciones de condiciones de trabajo, las horas extras, la escasa paga, el aumento de los accidentes de trabajo y las enfermedades y la desesperación que hacen que el obrero pase de manos de la empresa asesina a manos del “papá laboratorio”, ni tampoco para el que se atreva a denunciar a los médicos que estimulan al trabajador a que recurra al veneno de los calmantes en vez de reivindicar aumento de salario, mejor atención médica, mejores condiciones de trabajo y un futuro de verdad para su familia.
Es urgente que se tomen medidas en serio. La realidad de los cientos de miles de fallecimientos por culpa de la “receta de la muerte” y de los millones de víctimas del vicio de los medicamentos deben reclamar que se cree una fiscalía especial nacional que se dedique de forma exclusiva a desentrañar las causas últimas de esta epidemia que no remite y las cuales radican en el ánimo de lucro que mueve a la élite social y económica del país. La investigación deberá encaminarse a perseguir a la extensa red de chantajistas y propiciadores, en la que caben desde los valedores de los laboratorios farmacéuticos y los jerarcas del Estado corruptos hasta los médicos y los periodistas, porque la presente epidemia afecta a decenas de millones de trabajadores y a su familia, amigos, compañeros de trabajo y al medio en el que viven. ¿Y dónde están los defensores del niño que representen los intereses de los miles de hijos de madres de las comarcas rurales atrapadas por el OxyContin que nacen con el síndrome de abstinencia neonatal y que desbordan la capacidad de los hospitales del campo y de los pueblos?
Soluciones
La cadena que forman el enviciamiento con medicamentos y la muerte por sobredosis obliga a hacer algo más que propaganda con las típicas fotos de los centros de tratamiento de los pueblos. En efecto, hay que encarar decididamente el problema de los opioides con receta y enjuiciar en consecuencia a los laboratorios criminales, y perseguir, sobre todo, a los capitalistas que explotan al obrero vulnerable, le niegan protección, condiciones de trabajo seguras y la atención médica debida. Se impone una transformación fundamental de la relación del capital y el trabajo en este país.
Los planes del capital, que merman el salario y la seguridad del obrero, obligan a contar con un ejército de reserva más numeroso, que forman los desocupados y los trabajadores mal pagos. Habiendo tantos obreros autóctonos que sufren incapacidad por accidentes y otros que están apartados del mundo del trabajo por culpa del enviciamiento, se debe recurrir a la mano de obra zafral procedente del extranjero, cuyo país de origen se encargó de que esa mano de obra creciera, estudiara y se preparara para la vida, con el consiguiente gasto. En otras épocas eso se llamaba “éxodo de cerebros”, pero ahora es el “éxodo de cerebros y de músculos hábiles”. Gracias a los recursos que gastan otros países para criar e instruir a la mano de obra que luego emigra, el capitalismo y los gobernantes de los Estados Unidos pueden recortar drásticamente el gasto social que se destina a instruir y cuidar la salud del trabajador autóctono.
No hay otra forma de contrarrestar ese fenómeno en los Estados Unidos que instaurar una norma de inmigración que sea racional, calibrando bien previamente el número, composición y condiciones de la mano de obra nacional. Hay que poner límites al poder que tiene el capital de contratar y despedir libremente al obrero estadounidense y de arrasar en consecuencia pueblos y regiones enteras.
Los valedores de los grandes laboratorios farmacéuticos y los organismos oficiales de inspección, que lucraron o simplemente pasaron por alto el gigantesco problema del vicio de los medicamentos y la muerte por sobredosis, deberán recibir el mismo trato que el delincuente que mata y el que causa lesiones.
Los médicos, que deciden recetar grandes dosis de medicamentos narcóticos muy potentes que llevan al enviciamiento y a la sobredosis mortal, deberán ser reeducados y sometidos a vigilancia, si no quieren perder la licencia y verse obligados a responder ante la justicia. Desde los primeros momentos de la epidemia, conocían la naturaleza de dichos medicamentos que provocan enviciamiento. No son pocos los propios médicos y personal auxiliar que quedan “enganchados”. Los que explotan las denominadas “fábricas de píldoras”, en las que se recetan y venden alegremente toda clase de remedios, deberán ser castigados con severas penas, es decir, largos años de reclusión. Los profesionales de la medicina podrían haber decidido pelear para que el paciente accidentado tuviera la rehabilitación y terapia física necesarias, pero por su avaricia y voracidad contribuyeron al desastre actual. ¿En qué se distinguen, realmente, de los psicólogos de renombre que contrata el gobierno de los Estados Unidos para inventar métodos de tortura?
Sin embargo, hay otros que intentaron dar la alarma. No se puede dejar de reconocer y recompensar a los farmacéuticos, médicos, enfermeras y organismos de inspección que resistieron la presión de recetar y estimular el consumo de los opioides con meros fines de lucro y, en vez, procuraron intervenir para proteger al paciente vulnerable y alertar del problema. Muchos de ellos sufrieron represalias en la vida profesional por su conducta de “denunciante”. La medicina de los Estados Unidos se rige por el lema “primero el lucro y después el paciente”, lo cual explica que sea la única nación industrializada en la que ocurre el presente fenómeno demográfico; eso debería servir de moraleja a aquellos países que piensen instaurar los principios yanquis en el campo de la medicina y, en particular, los métodos lucrativos que se aplican para tratar el “dolor” crónico, con las consecuencias mortales ya conocidas. En un artículo de investigación aparecido hace poco en Los Angeles Times y que se titula OxyContin goes global – “We’re only just getting started” [xi] [“El OxyContin al asalto del mercado internacional: ‘Esto es apenas el principio’”] (18 de diciembre de 2016) se explica con detalle la multimillonaria campaña emprendida por los laboratorios que fabrican opioides para radicarse en otros mercados y se documenta el abrupto aumento de los fallecimientos por sobredosis.
El elemento imprescindible para resolver esta crisis descomunal radica en que se instaure en todo el país un régimen universal de salud pública y que el Estado se haga cargo de él. ¿De dónde saldría el presupuesto necesario? De suprimir las exenciones tributarias a los ricos y de repatriar y gravar los billones (1.000.000.000.000) de dólares de beneficio que las sociedades yanquis guardan en los paraísos fiscales y, también, de gravar las grandes herencias. Ésa sería una medida redistributiva que iría en contra de la inmensa acumulación de riqueza y gracias a la cual habría oportunidades en el campo de la enseñanza, la movilidad social y la promoción en el puesto de trabajo. Sólo entonces se vería que disminuye el consumo desenfrenado de opioides entre los obreros que descienden en la escala social, el número de muertes por sobredosis y también el alza de la mortalidad.
Habría que gravar a las sociedades que se trasladan al extranjero para combatir la fuga de capitales y también imponer un gravamen del uno por ciento a las operaciones de carácter especulativo, como las que se hacen en la Bolsa.
Una institución nacional de salud pública que brindase atención completa rebajaría drásticamente los onerosos gastos generales de administración. También se reducirían notablemente los tratamientos y métodos innecesarios y poco éticos y demás formas de estafa que son endémicas en las actuales instituciones médicas “con fines de lucro”. Los recursos que se consiguiesen con dichos ahorros se destinarían a mejorar la atención médica y los servicios correspondientes.
Con esas reformas de los servicios sociales, la justicia y la tributación se conseguiría sustentar un servicio universal de salud pública para todo el país que se apoyaría en la estructura del actual Medicare [xii] , que ha dado tan buen resultado para la población mayor en los últimos decenios. Además, así se podría fortalecer la mano de obra nacional, que contaría con un obrero sano, bien remunerado, eficiente y que tuviese el puesto de trabajo asegurado.
Los gobernantes y demás dirigentes políticos de los Estados Unidos, actuales y del pasado, dilapidan billones de dólares del presupuesto público en numerosas guerras contra el terrorismo y operaciones de “cambio de régimen” y en sufragar las instituciones carcelarias más descomunales de la historia de la humanidad, pero dejan de lado la muerte prematura y la destrucción de sus propios ciudadanos, provocadas por los métodos “legales” que aplican los laboratorios farmacéuticos y los profesionales de la medicina. Las soluciones se dejan en manos de las generaciones futuras, que deberán meditar lo que se hace, pero ahora los de abajo reclaman con fuerza que se ponga fin a esta crisis. El obrero marginado y los pobres del campo que votaron en masa por primera vez contra la “candidata de las grandes farmacéuticas” Hillary Clinton y eligieron al oportunista “multimillonario” Donald Trump se concentran en las mismas zonas que han sido devastadas por la epidemia de los opioides (y el suicidio de obreros). Esas capas marginadas que siempre fueron despreciadas por los políticos tradicionales y a las que la candidata Clinton tachó de “miserables” [xiii] no necesitarán grandes discursos para convencerlas de que apoyen la creación de un servicio nacional de salud pública, que es el primer paso para encarar el actual problema de la vida y la muerte que sufre el obrero de los Estados Unidos.
Además, la evolución actual de la industria, con el recurso a los adelantos técnicos, como los autómatas y la inteligencia artificial, sirve a la ganancia del capitalista, pues se consigue prescindir del obrero y explotar mejor a los quedan, amén de recortar el oneroso gasto en atención médica y en pensiones. Esa nueva relación del capital y el trabajo puede y se debe substituir por otra, en la que técnica esté al servicio del obrero, ya que se lograría mejorar las condiciones de trabajo y reducir la semana de trabajo de cuarenta a treinta horas con igual salario, que era la reivindicación general del movimiento obrero en la década de 1950.
Pero esos cambios no vendrán de la mano de los proyectos de investigación “neutrales” que llevan a cabo las universidades gracias a los fondos que aporta la patronal ni tampoco de los vacuos seminarios que dictan los “especialistas” de las famosas asociaciones privadas (ONG).
La verdadera oposición a esta “guerra de clase con receta médica” dependerá de la solidaridad y la lucha. El obrero debe librarse de este flagelo. No tiene nada que perder, salvo el peligroso y degradante vicio de los medicamentos, pero tiene en cambio un mundo y un verdadero futuro que ganar. Parafraseando a Trump [xiv] , ¡solamente los obreros pueden hacer que los Estados Unidos se vuelvan a levantar!


Notas del Traductor
[i] Según datos de los Centros de Erradicación y Prevención de Enfermedades, se registraron más de medio millón de fallecimientos en el período comprendido entre los años de 2000 y 2015:
[ii] Han aparecido últimamente numerosos artículos que dan cuenta del problema en la prensa de los Estados Unidos:
“The Enemy is Us: The Opioid Crisis and the Failure of Politics”  
“The American opioid epidemics”  
“American Carnage: The New Landscape of Opioid Addiction ”
“Mortality and morbidity in the 21st century”
Why Connecticut’s drug overdose crisis isn’t slowing downhttps://overdose.trendct.org/
Why Did The Death Rate Rise Among Middle-aged White Americans?
How Government Enables the Opioid Epidemic and Tax-Payers Help Fund Ithttp://articles.mercola.com/sites/articles/archive/2016/03/16/opioid-addiction.aspx
[iii] Ellen Meara y Jonathan Skinner (“Losing ground at midlife in America”) comparan el fenómeno con el ocurrido tras la disolución de la URSS, en cuya oportunidad la tasa de fallecimiento de varones fue aún más elevada que la actual en los Estados Unidos.
[iv] Shawn Donnan: “White ‘deaths of despair’ surge in US”, Financial Times, 24 de marzo de 2017 https://www.ft.com/content/34637e1a-0f41-11e7-b030-768954394623
[vi] Se cifra en cien millones el número de pacientes que sufren de dolor crónico:
[xiv] El autor parafrasea el lema que presidió la campaña de Donald Trump: “Make America great again!”.

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