sábado, 4 de abril de 2020

EL ASESINATO DE HIPATIA



    Hipatia fue la primera mujer asesinada en la historia por ser una investigadora de la ciencia. Era la hija más hermosa de Teón, bibliotecario en Alejandría. Su padre había escrito tratados sobre geometría y música, era un erudito reconocido, pero ella lo aventajó en todo y llegó a poseer el dominio total de la astronomía y las matemáticas de su tiempo. Escribió textos densos. Se sabe, por ejemplo, que fue autora de un Comentario sobre la Aritmética de Diofanto , un Comentario sobre las Cónicas de Apolonio y una edición del tercer libro de un escrito donde su padre divulgó el Almagesto de Ptolomeo. Lamentablemente no queda absolutamente nada, porque sus escritos fueron destruidos.

    Durante la primavera del año 415 d. C., una muchedumbre de monjes devotos, liderados por un tal Pedro, seguidor del venerable Cirilo, obispo de Alejandría, la secuestró. Hipatia se defendió y gritó, pero nadie se atrevió a ayudarla. El temor se impuso y, de esta forma, los monjes pudieron llevarla hasta la iglesia de Cesario. Allí, a la vista de todos, comenzaron a golpearla brutalmente con tejas. Le arrancaron los ojos y la lengua. Cuando ya estaba muerta, llevaron el cuerpo a un lugar llamado Cinaro y la despedazaron, le sacaron los órganos y los huesos y finalmente quemaron los restos. La intención final no era otra que la total aniquilación de todo cuanto significaba Hipatia como mujer.
    Cirilo era sobrino de Teófilo, el causante de la destrucción del Serapeum. Tenía un destino pendiente y lo cumplió. Entre el 412 y el 444 d. C., rigió los destinos espirituales de los alejandrinos. No soportó la sabiduría de Hipatia, capaz de poner en duda las doctrinas cristianas al practicar, con modestia, el método científico. Damascio ha contado lo siguiente: «Cirilo se carcomía hasta tal punto en su ánimo que tramó el asesinato de esta mujer de manera que sucediera lo antes posible […]» [271] .
    El prefecto de la ciudad, avergonzado, ordenó una investigación sobre la muerte de Hipatia, y se designó como coordinador a Edesio, quien no tardó en recibir dinero de Cirilo para olvidarlo todo, El crimen de Hipatia quedó, así, impune, por ese bochornoso soborno.

Luis Baez


Una mujer excepcional


Como es común con personajes de la antigüedad, el tiempo se llevó mucha información sobre Hipatia, pero varias fuentes históricas dan fe de su existencia y su vida, así que hay algunos datos claros.

Hipatia imaginada
Image captionEra "extremadamente hermosa... al hablar era articulada y lógica, sus acciones eran prudentes y de espíritu público... la ciudad la acogió como merecía y le otorgó un respeto especial", según "El léxico Suda", una enciclopedia del siglo X.

Como pocas mujeres en su época, Hipatia pudo estudiar porque era la hija de un hombre con formación educativa.
Su padre era Teón de Alejandría, un astrónomo y prolífico autor, que editó y escribió comentarios en la obra de pensadores como Euclides.
Pero, según el filósofo Damacius, Hipatia excedía con creces las fronteras del conocimiento de su padre.
"Como ella era por naturaleza de una disposición más noble que su padre, no se contentó con la educación matemática que podía recibir de él. Su noble entusiasmo la condujo a otras ramas de la filosofía".
El historiador griego de la antigüedad Sócrates el Escolástico concuerda con que la sabiduría de Hipatia era excepcional, así como su habilidad para hablar en público.
"Logró tales conocimientos en literatura y ciencia, que sobrepasó en mucho a todos los filósofos de su época. Le explicaba los principios de la filosofía a sus oyentes, muchos de los cuales venían de lejos para recibir su instrucción...".
"A menudo aparecía en público en presencia de los magistrados. Y no se sentía avergonzada al ir a una asamblea de hombres. Pues, debido a su extraordinaria dignidad y virtud, todos los hombres la admiraban".
Alabanzas inusuales para una mujer de esa época.

LOS TEXTOS DE LOS GNÓSTICOS

LOS TEXTOS DE LOS GNÓSTICOS

    La desaparición de los escritos de los gnósticos, causada, en gran medida, por la feroz persecución de la Iglesia católica, merece un libro aparte. Baste decir aquí que los gnósticos antiguos fueron un grupo heterogéneo influido por tendencias religiosas egipcias, hindúes, griegas y babilónicas. Antes de la Era cristiana, en especial desde el siglo II hasta el siglo V , este grupo tuvo el valor de decir que en este mundo dominado por el mal nadie se salva por la fe sino por el conocimiento (gnosis).
    Los gnósticos creían demagogos a los cristianos por postular la redención de todos; el cielo supremo sólo podía, según ellos, ser alcanzado por élites de hombres dotados de almas poderosas. Admitieron el dualismo; aborrecían el cuerpo; no obstante, algunos sectores se atrevieron a proponer la siguiente tesis: si el cuerpo es desechado por el alma como algo ajeno, no importan nuestros pecados carnales porque el alma es superior a todo ese horror. Jehová era para ellos un dios secundario, inferior en todo al erdadero Dios Supremo, al Dios Total, al Innombrable. Divididos por sus indagaciones, han sido clasificados por escuelas: la de Siria, primera de todas; la de Alejandría; la dualística; y, por último, la de las antinomias. De este conjunto sobresalieron distintos autores como Saturnino y Basílides, en el siglo I ; Valentino, Teodoto, Heracleón y Taciano, en el siglo II ; Epifanio, en los siglos IV y V .

    De los cientos de escritos de los gnósticos, me sorprende la escasez de textos conservados. Basílides, jefe de una agrupación de Alejandría, escribió un Evangelio , 24 libros de un Comentario al Evangelio y una serie de Himnos , pero sólo permanecen unos pocos fragmentos. Isidoro, su hijo, continuó la tradición de su padre y escribió textos prescriptivos. En estos casos, como en los de muchos otros, los fragmentos fueron recuperados por quienes refutaron sus doctrinas (Epifanio, san Ireneo, Hipólito Romano), pues era necesario citar los pasajes controvertidos; de este modo, hemos podido salvar verdaderas joyas del pensamiento religioso antiguo.
    Los grupos, por lo general, escondían sus manuscritos. En diciembre de 1945, dos
fellahin egipcios, mientras buscaban fertilizantes naturales, encontraron un jarrón. Pensaron que se trataba de oro, pero era un conjunto de 13 códices, con al menos 52 textos de carácter mitológico, exegético, litúrgico y gnómico. Esta pequeña biblioteca se conoce como Biblioteca de Naj’ Hammadi, y hoy sólo unos pocos de los códices están en mal estado.

L A HETERODOXIA DE LOS PRIMEROS AÑOS

    Además de los problemas causados por los gnósticos, la Iglesia tuvo que combatir la aparición de otras herejías. El obispo Paulino de Dacia, por ejemplo, fue expulsado porque sus escritos defendían la magia como recurso legítimo, pero la intervención del obispo Macedonio provocó la quema de sus libros [268] . En el año 398, el Arcadio rechazó las obras de Eunomio y las hizo destruir [269] .
    En el 435 y el 438, Teodosio y Valentiniano dirigieron grupos que iban de casa en casa confiscando libros, sobre todo los de la secta nestoriana, condenada por el Concilio de Nicea [270] y por el IV Concilio Ecuménico de Éfeso, realizado el año 431. Los nestorianos creían en un Dios dual: con una persona divina y otra humana, y les parecía absurdo llamar a María, la madre de Cristo, «Madre de Dios», pues era para ellos una contradicción. No reconocían la supremacía del obispo de Roma y predicaban la vida sencilla de los apóstoles.
Luis Baez




Manuscritos de Nag Hammadi


Los Manuscritos de Nag Hammadi o la Biblioteca de Nag Hammadi son una colección de textos, en su mayor parte adscritos al Cristianismo Gnóstico Primitivo, descubiertos cerca de la localidad de Nag Hammadi, a unos 100 km de Luxor, en el Alto Egipto, en diciembre de 1945.1​ Doce códices de papiro encuadernados en piel, y los restos de un décimo tercero,2​ cuidadosamente guardados en una jarra de cerámica sellada y escondidos en unas grutas próximas (en el macizo montañoso de Jabal al-Tarif), fueron encontrados casualmente por un campesino llamado Muhammad Alí al-Samman.3
Fueron escritos en copto entre los siglos III y IV d.C.4​ El más conocido de los manuscritos, el Evangelio de Tomás, contiene traducciones de textos que ya estaban presentes en el Papiro 1 de Oxirrinco, fechado en el año 250.56
El hallazgo de los manuscritos de Nag Hammadi en 1945 constituye, junto con los Manuscritos de Qumrán, el más grande descubrimiento de textos antiguos de la Edad Contemporánea7
Los códices de Nag Hammadi se encuentran en la actualidad en el Museo Copto de El CairoEgipto.

LOS ROLLOS DEL MAR MUERTO


LOS ROLLOS DEL MAR MUERTO


    En 1947, unos jóvenes beduinos que perseguían una cabra, entraron en una cueva situada al noreste del Mar Muerto, cerca de las ruinas de la antigua comunidad de Qumran, y, para su sorpresa, encontraron varias jarras cilindricas que contenían rollos sagrados. Al informar de su hallazgo, arqueólogos y teólogos iniciaron la exploración de once cuevas y lograron recuperar una biblioteca escondida durante dos mil años, con rollos intactos y algunos otros destruidos, los cuales son, para los filólogos, un crucigrama siniestro (15.000 fragmentos).

    Los textos, escritos en hebreo, arameo y, excepcionalmente, en griego, son extraordinarios. El primer aspecto sorprendente es que se trata de la primera colección conocida de escritos del Antiguo Testamento; hasta entonces el
Códice Aleppo , del siglo X , era el códice bíblico más antiguo. Así, hay una copia del libro de Isaías anterior en más de mil años a cualquier otra. El segundo aspecto se relaciona con el acto mismo de esconder la biblioteca: fue deliberadamente ocultada en las cuevas alrededor de los años 66 o 70, cuando las tropas romanas combatían contra los judíos rebeldes. Como tercer aspecto, se debe señalar que se atribuye a los esenios la escritura de los rollos.
    A modo de cuarto punto, conviene destacar el material usado: casi todos están hechos con pieles, con papiros y al menos uno es de cobre. Escritos con una tinta con una base de carbón, no muestran sensibilidad por los signos de puntuación o división de los párrafos y, como muchos manuscritos griegos, tampoco respetan los espacios entre palabra y palabra. El más extenso de los manuscritos, llamado el Rollo de los Salmos , apareció en 1956 en la Cueva 11, y las columnas conservadas muestran entre catorce y diecisiete líneas. El Tetragramatón , la cuarta letra del nombre divino de Dios, aparece en este rollo para magnificar su poder. Como quinto aspecto, los rollos han sido divididos en tres categorías: bíblicos, apócrifos y sectarios.
    Como prueba del temor causado por estos manuscritos, está la historia del jesuita José O’Callaghan. Este erudito ha estudiado durante toda su vida un pequeño trozo de papiro encontrado en la Cueva 7, descubierta en 1955 y se atrevió a decir, en un artículo de 1972, que el fragmento de papiro conocido como 7Q5 es un fragmento del Evangelio de San Marcos (6,52-53), escrito probablemente hacia el 50, lo cual significa, entre otras cosas, que este diminuto texto, con apenas unas letras, demuestra de forma contundente la existencia histórica de Cristo, porque su composición es apenas posterior a su muerte en unos 30 años. Semejante hallazgo le ha valido, por supuesto, toda clase de críticas violentas y ataques arteros. Los teólogos no parecen preparados para admitir la existencia de Cristo más allá de la fe.

Fernando Báez Historia universal de la destrucción de libros)


cuevas de Qumrán
Los Rollos del mar Muerto fueron hallados en las cuevas de Qumrán, en Israel.

José O´Callaghan Martínez S.J. (7 de octubre de 1922 - 15 de diciembre de 2001Jesuita español especializado en papirología y paleografía , célebre por la identificación que hizo del papiro 7Q5 de Qumrán con el texto de Marcos 6, 52-53.

El profesor O'Callaghan se hizo mundialmente célebre por la identificación que hizo de papiros de la cueva 7 de Qumrán. Identificó el papiro «7Q5» (cueva 7 + Qumrán + papiro 5) con Marcos 6, 52-53; «7Q6, 1» con Marcos 4,28; y «7Q8» con Santiago 1, 23-24. También propuso la identificación de «7Q4» con 1 Timoteo 3, 16 y 4, 1-3; y estableció como probable «7Q6, 2» con Hechos 27, 38; «7Q7» con Marcos 12, 17; y «7Q9» con Romanos 5, 11-12; y, como mera posibilidad, «7Q10» con 2 Pedro 1, 15 y «7Q15» con Marcos 6, 48.​
Publicó el resultado de estas investigaciones en «¿Papiros neotestamentarios en la cueva 7 de Qumrün?», en «Biblica» LIII, 1972, 91-104; «¿Un fragmento del evangelio de san Marcos en el papiro 5 de la cueva 7 dé Qumrün?», en «Arbor» LXXXI 1972, 429-431; y en «Studia Papyrologica».
El profesor Carsten Peter Thiede consideró verosímil su teoría de que 7Q5 contenía el texto de Marcos 6,52-53. Este publicó el artículo «¿El manuscrito más antiguo del Evangelio?» («The Earliest Gospel Manuscript?») en 1982. Según Thiede, el Evangelio de Marcos habría sido escrito en Roma y luego habría sido llevado a la región por alguna comunidad cristiana, que lo escondió en esta cueva.2
Herbert Hunger, director de la Colección de Papiros de la Biblioteca Nacional Austríaca y profesor de Papirología de la Universidad de Viena, consideró convincente la teoría de que 7Q5 es del Evangelio de Marcos.
En un simposio internacional celebrado en Eichstät del 18 al 20 de octubre de 1991 el profesor Hunger y el profesor Reisenfeld, de la Universidad de Úpsala, apoyaron la teoría de que el 7Q5 pertenece al Evangelio de Marcos.​

jueves, 2 de abril de 2020

Jorge Luis Borges: El brujo postergado

Borges y Kodama in front of First Church, 1983

















Jorge Luis Borges: El brujo postergado

En Santiago había un deán que tenía codicia de aprender el arte de la magia. Oyó decir que don Illán de Toledo la sabía más que ninguno, y fue a Toledo a buscarlo.
El día que llegó enderezó a la casa de don Illán y lo encontró leyendo en una habitación apartada. Éste lo recibió con bondad y le dijo que postergara el motivo de su visita hasta después de comer. Le señaló un alojamiento muy fresco y le dijo que lo alegraba mucho su venida. Después de comer, el deán le refirió la razón de aquella visita y le rogó que le enseñara la ciencia mágica. Don Illán le dijo que adivinaba que era deán, hombre de buena posición y buen porvenir, y que temía ser olvidado luego por él. El deán le prometió y aseguró que nunca olvidaría aquella merced, y que estaría siempre a sus órdenes. Ya arreglado el asunto, explicó don Illán que las artes mágicas no se podían aprender sino en sitio apartado, y tomándolo por la mano, lo llevó a una pieza contigua, en cuyo piso había una gran argolla de fierro. Antes le dijo a la sirvienta que tuviese perdices para la cena, pero que no las pusiera a asar hasta que la mandaran. Levantaron la argolla entre los dos y descendieron por una escalera de piedra bien labrada, hasta que al deán le pareció que habían bajado tanto que el lecho del Tajo estaba sobre ellos. Al pie de la escalera había una celda y luego una biblioteca y luego una especie de gabinete con instrumentos mágicos. Revisaron los libros y en eso estaban cuando entraron dos hombres con una carta para el deán, escrita por el obispo, su tío, en la que le hacía saber que estaba muy enfermo y que, si quería encontrarlo vivo, no demorase. Al deán lo contrariaron mucho estas nuevas, lo uno por la dolencia de su tío, lo otro por tener que interrumpir los estudios. Optó por escribir una disculpa y la mandó al obispo. A los tres días llegaron unos hombres de luto con otras cartas para el deán, en las que se leía que el obispo había fallecido, que estaban eligiendo sucesor y que esperaban por la gracia de Dios que lo elegirían a él. Decían también que no se molestara en venir, puesto que parecía mucho mejor que lo eligieran en su ausencia.
A los diez días vinieron dos escuderos muy bien vestidos, que se arrojaron a sus pies y besaron sus manos y lo saludaron obispo. Cuando don Illán vio estas cosas se dirigió con mucha alegría al nuevo prelado y le dijo que agradecía al Señor que tan buenas nuevas llegaran a su casa. Luego le pidió el decanazgo vacante para uno de sus hijos. El obispo le hizo saber que había reservado el decanazgo para su propio hermano, pero que había determinado favorecerlo y que partiesen juntos para Santiago.
Fueron para Santiago los tres, donde los recibieron con honores. A los seis meses recibió el obispo mandaderos del Papa que le ofrecía el arzobispado de Tolosa, dejando en sus manos el nombramiento de sucesor. Cuando don Illán supo esto, le recordó la antigua promesa y le pidió ese título para su hijo. El arzobispo le hizo saber que había reservado el obispado para su propio tío, hermano de su padre, pero que había determinado favorecerlo y que partiesen juntos para Tolosa. Don Illán no tuvo más remedio que asentir.
Fueron para Tolosa los tres, donde los recibieron con honores y misas. A los dos años recibió el arzobispo mandaderos del Papa que le ofrecía el capelo de cardenal, dejando en sus manos el nombramiento de sucesor. Cuando don Illán supo esto, le recordó la antigua promesa y le pidió ese título para su hijo. El cardenal le hizo saber que había reservado el arzobispado para su propio tío, hermano de su madre, pero que había determinado favorecerlo y que partiesen juntos para Roma. Don Illán no tuvo más remedio que asentir. Fueron para Roma los tres, donde los recibieron con honores y misas y procesiones. A los cuatro años murió el Papa y nuestro cardenal fue elegido para el papado por todos los demás. Cuando don Illán supo esto, besó los pies de Su Santidad, le recordó la antigua promesa y le pidió el cardenalato para su hijo. El Papa lo amenazó con la cárcel, diciéndole que bien sabía él que no era más que un brujo y que en Toledo había sido profesor de artes mágicas. El miserable don Illán dijo que iba a volver a España y le pidió algo para comer durante el camino. El Papa no accedió. Entonces don Illán (cuyo rostro se había remozado de un modo extraño), dijo con una voz sin temblor:
—Pues tendré que comerme las perdices que para esta noche encargué.
La sirvienta se presentó y don Illán le dijo que las asara. A estas palabras, el Papa se halló en la celda subterránea en Toledo, solamente deán de Santiago y tan avergonzado de su ingratitud que no atinaba a disculparse. Don Illán dijo que bastaba con esa prueba, le negó su parte de las perdices y lo acompañó hasta la calle, donde le deseó feliz viaje y lo despidió con gran cortesía.

(Del Libro de Patronio del infante don Juan Manuel, 
que lo derivó de un libro árabe: Las cuarenta mañanas y las cuarenta noches)



En Historia universal de la infamia (1935)
Foto original color: Esmeralda Martínez-Tapia:
Borges y Kodama in front of First Church, 1983
The Five Colleges of Ohio Digital

Luisa Valenzuela: La risa de Borges




Hay unos versos de Borges que muchos suelen repetir como si lo pintaran de cuerpo entero, como si no hubiese sido, como todo, el reflejo de un sentimiento que habría de diluirse con los años:


"He cometido el peor de los pecados/ que un hombre puede cometer. No he sido/feliz". (…) para concluir “Me legaron valor. No fui valiente./ No me abandona. Siempre está a mi lado/ La sombra de haber sido un desdichado”.


Soneto éste, El Remordimiento, que me temo inspiró aquél burdo poema apócrifo que en distintas versiones tantos lectores tomaron por cierto, quizá porque el genio se lamentaba de no haber hecho lo que hacemos los simples mortales sin talento. Comer más dulce de leche, por ejemplo, frase que me recuerda cierta pequeña reunión cuando, hablando de los placeres del paladar, Borges preguntó si realmente el dulce de leche era rico, “pero rico rico, como el arroz blanco” y todos reímos, y él también.


Como reían ellos dos, Lisa y Georgie, al regresar de unos paseos estrambóticos y nocturnos por los puentes de Constitución, lugar que le fascinaba a aquel Borges aún medianamente vidente y siempre muy sensible a su entorno. Y volvían, ellos dos, no describiendo los sórdidos lugares que habían recorrido, sino riendo por las cuartetas idiotas que se les habían ido ocurriendo en el camino. 


A este texto que estoy ahora escribiendo, rememorando, me habría gustado ponerle de título "Borges y Yo", pero me temo que la ironía podría pasarse por alto.


Son sin embargo estampas personales.


¡Tantísimos años transcurridos, tantas memorias

La imagen que conservo de aquél a quien solíamos llamar Georgie es la del pícaro que se divierte con sus dichos, no siempre del todo inofensivos pero siempre brillantes y queribles.



La impresión me viene de lejos, puedo hoy contarla sin fatuidad y sin censuras. Porque el tal Georgie frecuentaba mi casa de infancia cuando sus colegas más elocuentes creían que él nunca sería reconocido por el público en general, que era un escritor para escritores. Se sentían privilegiados de apreciar su genio, los colegas, y lo acompañaban a sus escasas conferencias y temblaban –fui testigo–cuando Borges caía en un largo silencio. Ellos temían que, en su pánico de hablar en público, el amigo había quedado con la mente en blanco cuando en realidad estaba buscando la palabra exacta, la misma que al ser por fin pronunciada deslumbraba a todos.


Testigo de tanta cosas, fui. Y a veces víctima. Más de una vez mi madre, Luisa Mercedes Levinson, que todos conocían ya por Lisa, me reprochó que Borges opinaba que yo era capaz de matar a mi madre por un juego de palabras. Borges no lo habría dicho de envidia, todo lo contrario, porque nunca fueron juegos de palabras lo que le faltaron, aunque eso de meterse con la madre…


En fin, especulaciones actuales al correr del teclado. Eso sí, reíamos mucho.


Como reían ellos dos, Lisa y Georgie, al regresar de unos paseos estrambóticos y nocturnos por los puentes de Constitución, lugar que le fascinaba a aquel Borges aún medianamente vidente y siempre muy sensible a su entorno. Y volvían, ellos dos, no describiendo los sórdidos lugares que habían recorrido, sino riendo por las cuartetas idiotas que se les habían ido ocurriendo en el camino:


“En la plaza de Belgrano/ pero un poco más abajo/ hay un letrero que dice/ mierda la puta carajo.” Por ejemplo.


O bien:


“En el medio de la plaza/ del pueblo de Pehuajó/ hay un letrero que dice/ la puta que te parió.”


La preadolescente que era yo en aquel entonces se sentía abochornada por tamaño infantilismo. Mi propia madre y el admirable escritor de escritores, ¡por favor!


Georgie y Lisa emprendieron la aventura de escribir un cuento en colaboración. Esas tardes se aislaban en el comedor de nuestra casa en Belgrano y yo sólo podía oír las carcajadas. Cuando emergían, muy circunspectos, consultaban a la adolescente sabihonda que andaba rondando por ahí cuando podía. ¿Los apellidos Zunino y Zungri te parecen lo suficientemente ridículos?, me preguntaban. 


Pasaron años antes de que yo pudiera retrucar con una cuarteta a la altura, nada apreciado por el escritor:

“En el barrio de San Telmo/ Biblioteca Nacional/ hay un letrero que dice/ hacete un lavaje anal”.


Es cierto que admiraba la biblioteca, pero no me resultaba fácil rimar con Nacional. Vicente Varela y otros colegas me felicitaron, sin embargo, y yo me sentía en la gloria.


Las cosas eran así y de otra maneras, por fortuna.


Alrededor de 1952 Georgie y Lisa emprendieron la aventura de escribir un cuento en colaboración. Esas tardes se aislaban en el comedor de nuestra casa en Belgrano y yo sólo podía oír las carcajadas. Cuando emergían, muy circunspectos, consultaban a la adolescente sabihonda que andaba rondando por ahí cuando podía. ¿Los apellidos Zunino y Zungri te parecen lo suficientemente ridículos?, me preguntaban. Y yo no sabía qué decir, Zunino y Zungri eran los dueños de la destapadora de cloacas a la que estábamos abonados –ésas eran las épocas– benemérita empresa que tenía el poético nombre de La Flor de la Primavera.


Peor era cuando me consultaban, por ejemplo, si no resultaba demasiado exagerado que el pretencioso arquitecto protagonista del cuento, para hacerlo gastar, le propusiese a su cliente “un jardín con bustos ecuestres”. Ante tamaños disparates, que los ahogaban de risa, yo no podía menos que recalcar lo ridículo de la idea. Cedieron, no ante mi crítica sino ante un dejo de razón, y por fin optaron por poner “cabezas yacentes de emperadores”.


La temprana adolescente de entonces solía ser muy puntillosa. Pero igual me llenaba de orgullo cuando Borges me hablaba de igual a igual, y me decía muy orondo que ese día habían trabajado mucho: habían completado toda una línea.


El cuento, titulado La hermana de Eloísa, apareció por fin en 1955 publicado por la Editorial ENE, en un delgado volumen con otros dos cuentos de cada uno de los autores.


De mi anécdota favorita de aquella época ya no quedan rastros, por suerte, sólo el recuerdo que tiene del asunto María Esther Vázquez. Porque a los pocos años de haber sido nombrado, en 1955, director de la Biblioteca Nacional, quien casi ya no era Georgie, apelativo cariñoso que iría cayendo en desuso hasta para los íntimos, ideó un estupendo y memorable ciclo de conferencias los sábados, invitando a escritores y escritoras de la época a hablar sobre el tema siempre vigente, “Por qué y cómo escribo”.

Hoy corresponde reconocer que Borges fue un precursor en el uso de la Biblioteca Nacional como espacio para la difusión de la cultura.


Los periodistas de entonces eran asiduos a esas manifestaciones, la gente de letras eran considerados referentes importantes del quehacer nacional. No así los propios periodistas, al menos a los ojos de Borges, razón por la cual me contrató a mí —ad honorem, claro— para que entrevistara a los/las conferenciantes antes de entrar. Durante la exposición, con cuatro dedos y muchos carbónicos, debía tipear el resumen de las conferencias, cosa de entregárselo a los nobles representares de la prensa, que según Borges sospechaba acudían a los bellos salones de la calle México a echarse un sueñito. Y los diarios de la época, me temo, publicaban mi resumen y no quiero ni saber qué habría resumido yo allí, a mis escasos 17 años.


Pero una se va formando a los golpes. Y con todo descaro.


Así pasaron años y años y más años, encuentros y desencuentros con el Maestro. Indignaciones de mi parte al enterarme de que había comentado por ahí que mi primera novela era una novela pornográfica, años de tragar saliva hasta que me despabilé y supe que una de las definiciones de pornografía es “lo que atañe a la vida de las prostitutas” y entonces sí, Hay que sonreír que este año cumple temibles 50, es una novela pornográfica, si bien expresamente cándida.


Años también de alegrías festejando los retruécanos que el maestro repartía a troche y moche, siempre dejando traslucir su faz lúdica, su a veces punzante sentido del humor.


Y años más sólo frecuentando a Borges en la reiterada y siempre reveladora lectura de su obra, hasta cierto mediodía de primavera neoyorquina de 1985. Las marcas de ese día, imborrables para mí, se resumen en una imagen y una frase.


La imagen: dos figuras vestidas de blanco marfilino, nimbadas por la luz del sol.


La frase: “Isn’t it a pity?”.


Fue en un restaurante italiano del West Village neoyorquino, una especie de bodegón cuya único atractivo era un jardín al fondo más allá de las cocinas, con lindas mesas bajo los árboles. Estábamos allí almorzando con un amigo cuando contra la puerta de las cocinas se dibujaron esas dos figuras más que fantasmales, feéricas. ¡Borges y María Kodama!, me sorprendí. No puede ser. Pero eran. Y los invitamos a nuestra mesa y Borges contó que María tenía un olfato especial para los lugares y los temas más insólitos y maravillosos, que acababan de llegar, dichosos, de su viaje en globo sobre el valle de Napa en California, que se iban al día siguiente de regreso a Buenos Aires, y isn’t it a pity?. Así, en inglés en medio de la charla en nuestro idioma. Isn’t it a pity?, reiteró más de una vez, esto de tener que dejar New York… tras o cual corrí al teléfono, llamé al Instituto de Humanidades al que yo pertenecía, volví con una invitación para ambos el semestre siguiente. Lo que Borges quisiera. Por supuesto. Ya no era más, en absoluto, un escritor sólo para escritores. Era el escritor de todos.


Y volvió, Borges acompañado por María Kodama. Y yo tuve que pagar mi arranque siendo la interlocutora en su presentación multitudinaria en NYU, la Universidad de Nueva York, la misma que había tenido la osadía de contratarme como profesora.

No era nada sencillo sostener lo que Borges proponía en esos tiempos: armar la presentación con forma de entrevista, ya que se negaba a dar una conferencia de corrido. Hacerle preguntas públicas a Borges era casi suicida, bien lo sabía yo que había asistido a muchos sufrimientos ajenos. Imposible salir airosa ante esa mente lucidísima, de un brillo casi ultraterreno. Irónica por demás. Porque si una le hacía una pregunta tonta o sencilla, quedaba al descubierto. Y si la pregunta era compleja, o molesta, él le contestaría como me respondió a mí en aquella conferencia sobre La Metáfora. Ya un poco cansada del juego pero haciendo todo tipo de circunloquios a manera de disculpa, improvisando le pregunté si tenía en cuenta la simbología freudiana del falo cuando escribía sobre cuchillos y cuchilleros.


“Usted es una joven escritora moderna”, me contestó sin contestar, “y yo soy un pobre viejo ciego”.


Y ahí me dejó. Boqueando en el vacío.


Hasta la mañana siguiente, cuando desde el Village atravesábamos todo Manhattan en el coche del poeta Daniel Halpern para llegar a la Universidad de Columbia donde seguirán sus charlas y mis preguntas, pero sólo para estudiantes, menos mal.


Esa mañana Borges se giró levemente la cabeza y me enfrentó:


“ Usted anoche mencionó el falo…”


“ Sí, Borges, pero hablando de los cuchillos, como metáfora”, intenté disculparme. “Conozco una metáfora mejor”, me contestó; “El dedo de Dios”.


“¿No le parece un tanto pretenciosa?”, me asombré.


“Y sí”, reconoció Borges muy a su pesar. “Creo que es de Victor Hugo”.


En aquel memorable último viaje a Nueva York de Borges y María Kodama pasamos toda la semana juntos con él, y a lo largo de esos días y después de los encuentros matinales en la Universidad de Columbia, el supuestamente frágil Escritor de escritores pedía más: una vuelta por Central Park en mateo, escuchar jazz en algún sitio emblemático del Village. Todo mientras iba desgranando sus hilarantes aventura de viaje con María, al punto que propuse hacerle una nota al respecto para la revista Vogue norteamericana, que apareció en el número de marzo de 1986, poco antes de su fallecimiento en Suiza.


Dicha nota es un canto a la felicidad de esa pareja tan despareja y a la vez tan absolutamente solidaria y armoniosa que formaban María Kodama y Jorge Luis Borges.


“Estoy cerca de él desde hace más de veinte años. Si me piden que defina nuestra relación”, aclaró ella, aún no se habían casado, “diré que somos como compañeros de colegio, cómplices” .


Y Borges: “María no pudo hacerme mejor regalo que este gusto por los viajes. Hasta estamos pensando en ir a vivir al Japón. ¿No está mal, no, para un hombre que abordó su primer avión a los 50 años? Pero había un recién nacido que lloró todo el tiempo y le quitó la dimensión épica al vuelo”.


Acababa de aparecer Atlas, el libro de Borges con fotos de María, pero muchas anécdotas compartidas habían quedado en el tintero. Como la de la dama que le cantó a Borges sus milongas al oído:


“Qué raro”, contó él que le había comentado a María, “mientras ella cantaba yo sentía telarañas en la cara…” “Es que la señora era muy elegante”, rió María, “¡lo que usted sintió eran las largas plumas aigrettes de su sombrero!”


Y fue así como, dispuesta a hacerles la entrevista, compré un pequeño grabador y me dirigí al hotel Uptown donde estaban hospedados. Nos reunimos en la gran habitación del maestro, y mi imagen favorita es la de nosotros tres, Borges, María y yo, cómodamente instalados en la gigantesca cama mientras ellos desgraban sus insólitas historias de viajes y reíamos a carcajadas. Carcajadas discretas, sí, pero no menos felices. Pero esa es otra historia, para citar a uno de los autores favoritos del Maestro.



En revista Haroldo, 24 de julio de 2016
Foto: Jorge Luis Borgs y Luisa Valenzuela en New York, 1969
Publicada en el sitio personal de Luisa Valenzuela

https://borgestodoelanio.blogspot.com/

Alain Resnais: Van Gogh (video documental)






Francia, 1948
Dirección y edición: Alain Resnais
Narrador: Claude Dauphin
Guión: Gaston Diehl y Robert Hessens
Producción: Pierre Braunberger, Gaston Diehl y Robert Hessens
Música original: Jacques Besse
Fotografía: Henry Ferrand
Versión original en francés con subtítulos en español
Duración: 18 min

El cineasta francés Alain Resnais fue invitado en 1948 a hacer una película sobre las pinturas de Van Gogh, coincidiendo con una exposición que se estaba montando en París. Lo filmó en un primer momento en 16 mm pero cuando el productor Pierre Braunberger vio los resultados le pidió a Resnais rehacerlo en 35 mm. "Van Gogh" recibió un premio en la Bienal de Venecia en 1948, y también ganó un Oscar al mejor cortometraje (de dos rollos) en 1949.
"Esta película intenta reconstruir, únicamente a través de sus obras, la vida y la aventura espiritual de uno de los mayores pintores modernos. El genio y la importancia de Vincent Van Gogh son, hoy en día, universalmente reconocidos. Sin embargo, Van Gogh tuvo que luchar y trabajar desesperadamente en la miseria y en medio de una indiferencia casi total para intentar alcanzar mediante su pintura el absoluto que entreveía". 


Data: IMDb Vimeo


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Elías Canetti: El arco del triunfo


12 de marzo de 2014




De todas las construcciones que Hitler proyecta para Berlín, el arco del triunfo es quizás, junto con la gran Kuppelhalle, la más próxima a su corazón. Ya lo había esbozado en 1925. Una maqueta de casi cuatro metros de alto, concebida con base en aquel proyecto inicial, fue la sorpresa de Speer para el quincuagésimo cumpleaños de Hitler, en abril de 1939. Pocas semanas antes sus tropas habían entrado en Praga. Parecía, pues, un momento muy indicado para construir un arco del triunfo. Hitler queda sumamente conmovido por este regalo, que lo atrae constantemente: lo contempla largo rato, se lo enseña a sus huéspedes; a las Memorias de Speer va unida una fotografía que ilustra su entusiasmo. Difícilmente otro regalo ha conmovido tanto el corazón de su destinatario.

Hitler y Speer ya habían hablado a menudo de este arco del triunfo. Su altura debía ser de 120 metros: más del doble de la del Arc de Triomphe de Napoleón en París. "Al menos será un monumento digno para nuestros muertos de la Guerra Mundial. ¡El nombre de cada uno de nuestros 1.800.000 caídos será grabado en el granito!" Son palabras del propio Hitler, transmitidas por Speer. No hay nada que resuma en forma tan concisa la esencia de Hitler. La derrota de la primera Guerra Mundial no es reconocida y acaba transformada en victoria. Será celebrada por un arco del triunfo dos veces más grande que el que le fue concedido a Napoleón por todas sus victorias. De este modo se manifiesta su intención de superar las victorias napoleónicas. Como se ha previsto que su duración sea eterna, el arco será fabricado con piedra muy dura. Pero en realidad está constituido por algo mucho más precioso: 1.800.000 muertos. El nombre de cada uno de estos caídos será grabado en el granito. De este modo se les rinden honores, pero también se los mantiene unidos, más densamente unidos aún que en cualquier masa. En aquel número enorme constituyen el arco del triunfo de Hitler. Todavía no son los muertos de su nueva guerra, planeada y deseada por él mismo, sino los de la primera, en la que él participó como cualquier otro ciudadano. Logró sobrevivirla, pero permaneció fiel a su recuerdo y nunca renegó de ella. El reconocimiento de esos muertos le dio la fuerza necesaria para no aceptar jamás el resultado de la guerra. Ellos eran su masa cuando aún no tenía otra, y siente que realmente lo ayudaron a conquistar el poder: sin los muertos de la primera Guerra Mundial Hitler nunca hubiera existido. Su intención de reunirlos en un arco del triunfo es el reconocimiento de esta verdad y de su deuda para con ellos. Pero se trata de su arco del triunfo, que llevará su nombre. Será difícil que alguien lea muchos de los otros nombres; aun cuando lograse hacer grabar en la piedra 1.800.000 nombres, la gran mayoría de éstos nunca será tomada en consideración. Lo que permanecerá en la memoria será su número, y este número inmenso pertenece a su nombre.

La sensación de esta masa de muertos es decisiva en Hitler. Es su verdadera masa. Sin ella es imposible entenderlo de veras, imposible entender sus inicios, su poder, lo que llegó a emprender con este poder y el objetivo final de sus empresas. Su obsesión, manifiesta en una vitalidad siniestra, son estos muertos.





En La conciencia de las palabras
Ensayos 1962-1974, "Hitler según Speer" 
Traducción de Juan José del Solar
Imagen: Albert Speer y Adolf Hitler por Heinrich Hoffmann 
Archivos Federales de Alemania


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David Foster Wallace - Borges en el diván

Las biografías literarias presentan una paradoja desafortunada. La mayoría de los lectores que se interesan por la biografía de un es...